miércoles, 2 de mayo de 2012

Teología Pastoral



Teología Pastoral 

I. NATURALEZA.

1. Concepto. La T. p. es la parte de la Teología (v.) que estudia el desempeño de la función de cura de almas. Etimológicamente la denominación de «pastoral» deriva -por analogía- de la misión del pastor: este oficio -cuidado y crianza de la greyexige atención, entrega, vigilancia, aprecio; y desde muy antiguo se encuentra aplicado, de modo figurado, a quien ha de velar por la comunidad. También la S. E. emplea con frecuencia esta figura referida a Dios, y a los reyes y, en general, a los que gobiernan Israel; los profetas también llaman pastor al Mesías esperado. Jesucristo gustó de acudir a la imagen del pastor en la predicación: parábola de la oveja perdida (Lc 15,1-10), descripción del juicio universal como una grey en que eJ pastor selecciona las ovejas de los cabritos (Mt 25,32-33), etc.; y especialmente en la alegoría del Buen Pastor (lo 10, 1-18), con la que reivindica para sí las profecías del A. T., y, por tanto, la misión stíprema de apacentar a su pueblo (V. BUEN PASTOR). La transmisión del oficio pastoral a sus sucesores (lo 21,15-17) y la utilización de este título por los Apóstoles (Eph 4,11; 1 Pet 5,1-4) hizo que pasara al acervo común de la Iglesia para designar a aquellas personas que debían velar por la grey cristiana y conducirla hacia su último fin, según las indicaciones del Pastor Supremo. Así, pues, T. p. es la ciencia teológica de la cooperación ministerial de la Iglesia al plan divino de la salvación que nos ha sida revelado por Jesucristo.

Se puede distinguir -aunque no separar- entre la pastoral como tarea o actividad (v. PASTORAL, ACTIVIDAD) y la T. p. como disciplina sistematizada: la primera -entendida como la práctica misma de la misión pastoral- ha existido siempre en la Iglesia por mandato de Cristo (cfr. lo 21,16 ss.); la T. p., como estudia sistemático de los diversos aspectos de la acción pastoral a la luz de la Revelación (v.), es una ciencia teológica que se ha ido desarrollando al mismo tiempo que la vida de la Iglesia. La denominación de T. p. es relativamente reciente: el término lo utiliza S. Pedro Canisio por vez primera en el s. XVI y aparece coma disciplina aparte en los planes de estudio del s. XVIII; pera esto no quiere decir que en los tiempos anteriores no se haya hecho tal ciencia, sino sencillamente que no se ha cultivado de forma separada, y, por tanto, que era estudiada e incluida dentro de la Teología en general. Insistamos finalmente en que la distinción entre actividad pastoraly T. p. no debe ser forzada; la T. p. supone el conocimiento de la naturaleza de la Iglesia y de la historia de su ministerio pastoral a lo largo de los siglos; si no se puede hacer ciencia teológica de ningún tipo, si el teólogo no se adentra con su propia vida en la intimidad divina, no puede hacerse T. p. si no se recorre a la vez el camino de la acción pastoral. Esto explica quizá que durante tantos siglos no se hayan preocupado demasiado de distinguir la ciencia teológica pastoral de la Teología misma, y sobre todo de la vida, exigencias y labor de la pastoral de almas, y que, por tanto, haya tardado tanto en nacer la T. p. como disciplina aparte.

2. La Teología pastoral como ciencia. a. Determinación de su objeto y contenido. Es ésta una cuestión debatida en el s. XX como resultado de la evolución histórica de esta disciplina en la época moderna. En el s. XVIII, al ser constituida como disciplina autónoma en las escuelas austriacas, es concebida como un estudio de la praxis sacerdotal desde una perspectiva más bien jurídica y reglamentadora, de acuerdo con las tendencias regalistas del ambiente austriaco de aquella época (v. JOSEFINISMO). A finales del s. XVlII y principios del XIX se inicia una corriente que quiere vincular la T. p. a una eclesiología más precisa e integral. En esta línea se mueven diversos autores de la escuela de Tubinga (v.), y especialmente, ya a mediados del s. XIX, Anton Graf, que propone una nueva estructuración de la T. p. que dejaría de estar centrada en el sacerdote y su ministerio para considerar a la Iglesia en su conjunto.

La idea de Graf ha tenido fuerte influencia en el desarrollo posterior de las estudios. Se entiende fácilmente, ya que tiene aspectos muy positivos: pone, en efecto, de relieve que todos los cristianos participan de la misión de la Iglesia y, por consiguiente, son responsables de la difusión de la verdad cristiana, etc. (v. IGLESIA III, 3-6; APOSTOLADO). Presenta, no obstante -si no es muy bien matizada-, aspectos negativos. En primer lugar, al poner el acento en la Iglesia en su conjunto como sujeto de la pastoral, corre el riesgo de desdibujar la diversidad de funciones, y provocar un olvida práctico -o al menos una minusvaloración- de la distinción entre el sacerdocio ministerial y el común de los fieles, dando así lugar a actitudes que coartan la libertad que la Jerarquía debe tener en el ejercicio de sus funciones o que clericalizan la vida laical. En segundo lugar -yen parte en dependencia de lo anterior-, puede llevar a un desconocimiento práctico de la diversidad de carismas y vocaciones individuales, originando una tendencia a la uniformidad y una centralización que mata la espontaneidad del espíritu. Por todo ello nos parece que caben dos soluciones:1) Concebir la T. p. como estudio de la actividad de toda la Iglesia, pero distinguiendo en ella una parte general, que estudiará algunos criterios generales (sentido de la fe y de la unidad, actitud de servicio, etc.), y que sería necesariamente muy breve, y diversas partes especiales, según los ministerios o funciones que se consideran.

2) Centrar la T. p. en el estudio de la actividad de los pastores en sentido estricto, es decir, aquellas que, junto con la consagración sacerdotal, han recibido el ministerio de la cura de almas. Esta segunda solución parece preferible, ya que, de una parte, las principios generales a que hemos hecho referencia son las consecuencias de una buena eclesiología y son por eso ya vistos en ese tratado; y, de otra, el adjetivo pastoral tiene en la tradición cristiana un significado preciso que no nos parece oportuno desvirtuar. Finalmente, el apostolado que realizan los fieles es tan variada -depende de las múltiples situaciones de familia, cultura, sociedad, profesión, etc.que pretender someterlo a unas reglas resulta metodológicamente imposible, con lo que se oscilaría entre afirmaciones genéricas o la tendencia a una reglamentación excesiva que ahogaría la vida; es importante, repetimos, salvaguardar la legítima libertad personal con la que cada cristiano debe cumplir la misión apostólica a la que por el Bautismo (v.) está llamado.

En resumen, lo que hay de positivo en la idea de Graf debe ser recogido en la eclesiología y en la T. p. -ya que uno de los criterios que las pastores deben tener en el ejercicio de sus funciones es defender y promover el sentido activo de todo el pueblo de Dios-, pero no debe llevar a cambiar el objeto de la T. p., que, a nuestra juicio, debe continuar ocupándose de estudiar el desempeño de la función de cura de almas.

b. Fuentes y método. Señalemos, en primer lugar, que la T. p. presupone la Teología dogmática (v.), especialmente la Eclesiología (v.), así como la Teología moral (v.) y la Teología espiritual (v.). Empieza, en efecto, su tarea presuponiendo ya conocida la misión de la Iglesia y las funciones que Cristo le ha confiado, e inicia su trabajo preguntándose sobre el ejercicio de la misión pastoral en servicio de la tarea de glorificación de Dios y salvación de las almas a la que la Iglesia se ordena. Para ello es necesario que el cultivador de la T. p. dirija de nueva su atención a la Revelación misma: es ella, en efecto, no sólo la norma que define la naturaleza de la misión pastoral, sino la regla primera que determina su ejercicio.

Remitiendo para un estudio general de las fuentes y método teológicas a TEOLOGÍA II y III, digamos aquí que quien estudia la T. p. debe empaparse ante todo de la S. E., en la que no sólo se nos comunica el mensaje de Cristo y se nos define la misión por Él encomendada, sino que se nos transmiten múltiples consejos y normas pastorales concretas: llamada a la santidad de los ministros (Lev 21,1-9; 2 Cor 6,4.6.7); necesidad del estudio y de guardar la buena doctrina (1 Tim 4,13.16; 6,20-21); virtudes que debe vivir el pastor de almas (Act 20,28; 1 Pet 5,2); mandato de predicar a todas las criaturas (Me 16,15), administrando los sacramentos y enseñando la doctrina de Cristo (Mt 28,19-20), con ocasión y sin ella (2 Tim 4,2), etc. Como síntesis o visión de conjunto de la figura del pastor y del desempeño del ministerio pastoral encontramos las instrucciones dadas por Cristo con ocasión de la primera misión de los Apóstoles (Mt 10,1-42), así como las normas y orientaciones dadas después por los Apóstoles (v., en especial, las epístolas a Tito y Timoteo), pero, sobre todo, el ejemplo de Cristo mismo, «camino, verdad y vida» (lo 14,6), en el que encontramos las luces más claras para entender y orientar rectamente el oficio pastoral.

A esa consideración constante de la S. E., el estudioso de la T. p. debe unir el estudio de la Tradición (v.) y de la praxis de la Iglesia, que le llevará no sólo a conocer y comprender la palabra divina, sino también a enriquecerse con los tesoros de experiencia acumulados a lo largo de la historia cristiana; y, especialmente, el de las decisiones con las que el Magisterio ha ido señalando los modos concretos de servir a la misión recibida de Dios. Desde los primeros sínodos hasta el Conc. Vaticano II prácticamente todos los Concilios (v.) ecuménicos han emanado decretos disciplinares que deben ser conocidos por el pastoralista; recordemos, por su especial relieve, la amplia labor del Conc. de Trento, no sólo con sus decretos, sino con su indicación de que se redactara el que luego se llamó Catecismo romano, Catecismo para párrocos o Catecismo de San Pío V, capital para toda teología de la predicación y de la catequesis. A ello se une, finalmente, el estudio de las enseñanzas y orientaciones del Magisterio (v.) ordinario, de la Liturgia (v.), escuela de formación en la fe, Derecha canónico (v.), etc.

Siendo el objeto de la T. p. no el estudio de la naturaleza de la misión pastoral, sino el de su ejercicio, asume para su desarrollo las reales adquisiciones de diversas ciencias humanas que pueden servir a ese fin: la Psicología (v.) y la Sociología (v.), que ayudan a conocer la manera de reaccionar de las personas o las circunstancias del momento histórico en que se encuentran; la Pedagogía (v.) y la Retórica (v.), que ilustran sobre las vías para transmitir una enseñanza viva, etc. Dejando clara la importancia que para la T. p. tienen esos saberes, conviene a la vez insistir en su carácter subordinado: no son ellos, sino el dato revelado, quienes rigen la Teología pastoral. En ese sentido es oportuno precaver frente a un doble peligro: 1) colocar el énfasis en los medios humanos y técnicos, olvidando la eficacia intrínseca que tienen la propia palabra de Dios y la gracia, que trasciende los condicionamientos humanos y gustan en ocasiones servirse de lo débil según la carne, más que de lo fuerte (cfr. 1 Cor 1,17-31); 2) recurrir a los estudios psicológicos y sociológicos como si a ellos les correspondiera determinar por entero el modo de ejercicio de la actividad pastoral, olvidando que el mensaje revelado y la vida que en él se anuncia tienen una sustantividad y determinan, por tanto, en su núcleo central, el modo de su transmisión. Lo que las ciencias humanas pueden, y deben, aportar son complementos y ayudas en la comprensión de la pastoral, bien en general. bien en una concreta circunstancia histórica, pero en modo alguno la determinación de su sustancia. Las desviaciones en que han incidido diversos estudios pastoralistas, sobre todo en la época posterior a 1960, derivan, a nuestro parecer, de haber invertido esta jerarquía de fuentes a que acabamos de hacer referencia.

c. División y temática. No hay un acuerdo general sobre la división o estructuración de esta disciplina: basta revisar los índices de los manuales para comprobarlo.

Por ello, más que proponer aquí una posible sistematización, vamos a comentar cuál es, en general, su temática. En ese sentido puede decirse, ante todo, que la T. p. comprende el estudio de la actividad de los pastores, que, según una división ya tradicional, puede analizarse según tres funciones o munera: 1) La función o misión profética, es decir, el anuncio del Evangelio invitando «a todos con instancia a la conversión a la santidad» (Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 4), que comprende formas muy variadas: la enseñanza magisterial (v. MAGISTERIO ECLESIÁSTICO); la catequesis (v.); la predicación (v.), tanto en general como homilética (v.); la dirección espiritual (v.); la atención a los que yerran o no creen, etc. 2) La función sacerdotal o litúrgica, en la que se incluye tanto la dispensación de los sacramentos (v.), y especialmente -por su particular incidencia pastoral- la Penitencia (v.) y la Eucaristía (v.), como la acción de gracias y la alabanza divina (v. LITURGIA; OFICIO DIVINO). 3) La misión regia o de gobierno (también llamada por algunos hodegética: del vergo griego hodegeo, que significa guiar, mostrar el camino), que abarca tanto el gobierno propiamente dicho (v. JERARQUÍA ECLESIÁSTICA), como la atención que cada presbítero debe dedicar a los fieles que de algún modo le han sido encomendados, la promoción de la caridad fraterna, la solicitud para con los más necesitados, etc.

La T. p. estudia esas diversas funciones o tareas tanto por lo que se refiere a su desempeño individual, como a las estructuras que puedan constituirse en su servicio (V. CIRCUNSCRIPCIÓN ECLESIÁSTICA; DIÓCESIS; PARROQUIA; ASOCIACIONES V; etc.). Y ya que ninguna tarea o estructura se realiza o vive por sí sola, sino según los individuos que la asumen o vivifican, la T. p. se ocupa -y como parte especialísima- de la figura del pastor de almas y de analizar los medios que conducen a su formación adecuada. Sin exponer un programa detallado de formación pastoral (v., al respecto, PASTORAL, ACTIVIDAD; SACERDOCIO IV y V; SEMINARIOS Y UNIVERSIDADES ECLESIÁSTICAS), no queremos dejar de esbozar algunas líneas de fuerza que no deben faltar jamás en la preparación para la función pastoral y en el ejercicio de la misma: sentido de la fe; esfuerzo para alcanzar la santidad personal, como base imprescindible para un desempeño adecuado de la misión recibida; caridad y espíritu de servicio; conciencia del valor insustituible de los sacramentos como fuentes del vivir cristiano; valentía y decisión en la proclamación de la palabra de Dios; coherencia interior, de manera que el modo de vivir se adecue a lo que se dice y sirva de ejemplo y estímulo.

Es propio de la T. p. -así como del gobierno pastoral, en el nivel en que a cada uno le corresponde- llegar a algunas normas, criterios u orientaciones generales. Recordemos al respecto lo que ya decíamos al principio: si bien alcanzar esos criterios generales es fundamental -se trata de servir a la misión confiada por Dios a la Iglesia y, por tanto, de comprender cuál es la manera de actuar adecuada a ella-, debe evitarse toda reglamentación o programación excesiva, que coarte y ahogue la iniciativa individual y los carismas que Dios, libremente, pueda conceder a cada uno. De ahí que cada fiel cristiano goce de una legítima libertad en el ámbito de su vida profesional, social y familiar; y que cada sacerdote -dentro de la obediencia que debe a su Ordinario y de las determinaciones propias de su ministerio- pueda escoger aquellos modos pastorales que considere más apropiados para su peculiar tarea, etc.

3. El arte de la pastoral. La formación pastoral no se adquiere sólo con el estudio de la T. p., ya que requiere tanto o más adquirir la vida cristiana y aprender un arte; solamente así se podrán poner en práctica los conocimientos en el ejercicio concreto del ministerio. Este ejercicio requiere algunas dotes naturales: equilibrio, objetividad, comprensión, etc., que se perfeccionan con la práctica y, sobre todo, con la petición humilde al Señor; dotes todas ellas que tienen un firme apoyo en la prudencia (v.) adquirida y sobrenatural; además, esas virtudes son iluminadas y perfeccionadas por el don de consejo y el de sabiduría (v. ESPÍRITU SANTO III).

Como todo arte, no se aprende sólo en los libros, es preciso adquirirlo también de modo vivo bajo la dirección de sacerdotes con experiencia: «Puesto que es necesario que los alumnos aprendan el arte de ejercer el apostolado no sólo teóricamente, sino también en la práctica, y que sepan actuar bajo su propia responsabilidad y en unión con otros, deben ser iniciados en la práctica de la pastoral (...) por medio de actividades oportunas. Éstas deben realizarse (...) bajo la dirección de varones expertos en cuestiones pastorales, recordándoles siempre la primordial importancia de los medios sobrenaturales» (Conc. Vaticano II, Decr. Optatam totius, 21).

Por todo ello, la formación pastoral no puede ser algo exclusivamente teórico, sino que debe ir acompañado de una entrega práctica a la tarea que se estudia. Concebir la formación pastoral, o su posterior actualización y puesta al día, como una tarea exclusivamente académica, confiada sólo a cursillos y conferencias, sería adentrarse por un camino inadecuado.

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