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miércoles, 2 de mayo de 2012
TEOLOGÍA SISTEMÁTICA
TEOLOGÍA SISTEMÁTICA
Teología sistemática, es una disciplina de la teología
cristiana, cuyo fin es formular una coherente, ordenada y racional presentación
de la fe y creencias cristianas, inherentes a un sistema de pensamiento
teológico que se desarrolla con un método, que puede aplicarse tanto en lo
general y como en lo particular. Si bien una teología sistemática debe tener en
cuenta los textos sagrados de su fe, también debe mirar a la historia, la
filosofía, la ciencia, la ética. Clásicamente la teología sistemática se divide
en la doctrina de la Palabra de Dios, la doctrina de Dios, la doctrina del
Hombre, la doctrina de Cristo, la doctrina del Espíritu Santo, la doctrina de
la Redención, la doctrina de la Iglesia y la doctrina del futuro.
INTRODUCCION A LA
TEOLOGIA SISTEMATICA
.
¿Que
es la Teología Sistemática?
La
Teología Sistemática es el estudio de las doctrinas cristianas en su relación
las unas con las
otras en un sistema lógicamente consistente.
¿Para
qué sirve el estudio de la Teología Sistemática?
A.
Es imposible presentar la verdad a la gente si nuestro propio entendimiento es
débil. LaTeología Sistemática nos ayuda a percibir las verdades bíblicas con
más claridad. Además nospermite presentarlas más convincentemente. Nos ayuda
también a ver la proporción relativa deestas doctrinas, para que demos un
énfasis mayor a las doctrinas más importantes.
B. La fe y la conducta están
interrelacionadas. Lo que realmente creemos de Dios se refleja en como vivimos
y como nos tratamos los unos con los otros.
C. La
causa mayor de las divisiones dentro del cristianismo ha sido las diferencias
doctrinales. Por lo tanto es imposible entender adecuadamente a la iglesia a
través de la historia, tan biencomo en su forma presente, sin comprender la
teología sistemática. ¿Cuáles son las
presuposiciones necesarias para el estudio de la Teología Sistemática?
A. Se presupone que la lógica es un criterio
válido para la evaluación de la verdad.
Se asume que la inconsistencia lógica indica que el sistema es falso por
completo o en parte.
B. Se presupone que la Biblia contiene un
sistema lógico de teología que puede ser descubierto
a través de la aplicación de las reglas
ordinarias de la hermenéutica y de la lógica.
¿Qué dice la Biblia misma sobre la importancia del estudio de la
doctrina?
A. Pablo dijo que no había “rehuido
anunciaros todo el consejo de Dios.” De esto podemosconcluir que el contenido
completo del plan divino relacionado con la Redención es conocible y comunicable.
Pablo asume en el contexto que los ancianos de Efeso entendieron. Que era su responsabilidad como ancianos
alcanzar un entendimiento completo de ese plan.
B. La primer cosa que los Apóstoles
enseñaron a sus convertidos fue la sana doctrina.
(Hch.2:42).
C. Se nos advierte que evitemos a aquellos
quienes enseñan lo contrario a la sanadoctrina.(Ro.16:14) Esto significa que debemos conocer cómo
discernir la diferencia entre buenay mala doctrina.
D. Pablo describe a un buen ministro como aquel que es “nutrido
con las palabras de la fey de la buena doctrina”. (ITi.4:6) De esta forma podemos concluir que es
imposible ser un buen ministro del Evangelio sin ser un estudiante de la buena
doctrina.
E. Pablo exhorta a Tito para que su
conversación sea consistente con la sana doctrina. (Tit.2:1)
F. Se nos advierte que evitemos a aquellos
quienes son llevados por todo viento de doctrinas
Populares. (Ef. 4:14)
G. Juan nos dice que debemos rechazar a
aquellas personas religiosas quienes vienen
anosotros sin la sana doctrina acerca de la persona de Jesucristo.
(2Jn.9-10)6
H.
Judas nos exhorta a contender por la fe una vez dada a los santos (Judas
3-4) La frase “la fe” se refiere a ese
cuerpo de enseñanza en que consiste la cristiandad. De esta forma Judas declara que existe un
cuerpo de enseñanza por la cual debemos contender. Los que pervierten ese cuerpo
de doctrina , especialmente los que asaltan la soberanía de Dios y su gracia
son destinados para la condenación.
Teología Pastoral
Teología Pastoral
I.
NATURALEZA.
1. Concepto. La T. p. es la parte de la Teología (v.) que estudia el desempeño de la función de cura de almas. Etimológicamente la denominación de «pastoral» deriva -por analogía- de la misión del pastor: este oficio -cuidado y crianza de la greyexige atención, entrega, vigilancia, aprecio; y desde muy antiguo se encuentra aplicado, de modo figurado, a quien ha de velar por la comunidad. También la S. E. emplea con frecuencia esta figura referida a Dios, y a los reyes y, en general, a los que gobiernan Israel; los profetas también llaman pastor al Mesías esperado. Jesucristo gustó de acudir a la imagen del pastor en la predicación: parábola de la oveja perdida (Lc 15,1-10), descripción del juicio universal como una grey en que eJ pastor selecciona las ovejas de los cabritos (Mt 25,32-33), etc.; y especialmente en la alegoría del Buen Pastor (lo 10, 1-18), con la que reivindica para sí las profecías del A. T., y, por tanto, la misión stíprema de apacentar a su pueblo (V. BUEN PASTOR). La transmisión del oficio pastoral a sus sucesores (lo 21,15-17) y la utilización de este título por los Apóstoles (Eph 4,11; 1 Pet 5,1-4) hizo que pasara al acervo común de la Iglesia para designar a aquellas personas que debían velar por la grey cristiana y conducirla hacia su último fin, según las indicaciones del Pastor Supremo. Así, pues, T. p. es la ciencia teológica de la cooperación ministerial de la Iglesia al plan divino de la salvación que nos ha sida revelado por Jesucristo.
Se puede distinguir -aunque no separar- entre la pastoral como tarea o actividad (v. PASTORAL, ACTIVIDAD) y la T. p. como disciplina sistematizada: la primera -entendida como la práctica misma de la misión pastoral- ha existido siempre en la Iglesia por mandato de Cristo (cfr. lo 21,16 ss.); la T. p., como estudia sistemático de los diversos aspectos de la acción pastoral a la luz de la Revelación (v.), es una ciencia teológica que se ha ido desarrollando al mismo tiempo que la vida de la Iglesia. La denominación de T. p. es relativamente reciente: el término lo utiliza S. Pedro Canisio por vez primera en el s. XVI y aparece coma disciplina aparte en los planes de estudio del s. XVIII; pera esto no quiere decir que en los tiempos anteriores no se haya hecho tal ciencia, sino sencillamente que no se ha cultivado de forma separada, y, por tanto, que era estudiada e incluida dentro de la Teología en general. Insistamos finalmente en que la distinción entre actividad pastoraly T. p. no debe ser forzada; la T. p. supone el conocimiento de la naturaleza de la Iglesia y de la historia de su ministerio pastoral a lo largo de los siglos; si no se puede hacer ciencia teológica de ningún tipo, si el teólogo no se adentra con su propia vida en la intimidad divina, no puede hacerse T. p. si no se recorre a la vez el camino de la acción pastoral. Esto explica quizá que durante tantos siglos no se hayan preocupado demasiado de distinguir la ciencia teológica pastoral de la Teología misma, y sobre todo de la vida, exigencias y labor de la pastoral de almas, y que, por tanto, haya tardado tanto en nacer la T. p. como disciplina aparte.
2. La Teología pastoral como ciencia. a. Determinación de su objeto y contenido. Es ésta una cuestión debatida en el s. XX como resultado de la evolución histórica de esta disciplina en la época moderna. En el s. XVIII, al ser constituida como disciplina autónoma en las escuelas austriacas, es concebida como un estudio de la praxis sacerdotal desde una perspectiva más bien jurídica y reglamentadora, de acuerdo con las tendencias regalistas del ambiente austriaco de aquella época (v. JOSEFINISMO). A finales del s. XVlII y principios del XIX se inicia una corriente que quiere vincular la T. p. a una eclesiología más precisa e integral. En esta línea se mueven diversos autores de la escuela de Tubinga (v.), y especialmente, ya a mediados del s. XIX, Anton Graf, que propone una nueva estructuración de la T. p. que dejaría de estar centrada en el sacerdote y su ministerio para considerar a la Iglesia en su conjunto.
La idea de Graf ha tenido fuerte influencia en el desarrollo posterior de las estudios. Se entiende fácilmente, ya que tiene aspectos muy positivos: pone, en efecto, de relieve que todos los cristianos participan de la misión de la Iglesia y, por consiguiente, son responsables de la difusión de la verdad cristiana, etc. (v. IGLESIA III, 3-6; APOSTOLADO). Presenta, no obstante -si no es muy bien matizada-, aspectos negativos. En primer lugar, al poner el acento en la Iglesia en su conjunto como sujeto de la pastoral, corre el riesgo de desdibujar la diversidad de funciones, y provocar un olvida práctico -o al menos una minusvaloración- de la distinción entre el sacerdocio ministerial y el común de los fieles, dando así lugar a actitudes que coartan la libertad que la Jerarquía debe tener en el ejercicio de sus funciones o que clericalizan la vida laical. En segundo lugar -yen parte en dependencia de lo anterior-, puede llevar a un desconocimiento práctico de la diversidad de carismas y vocaciones individuales, originando una tendencia a la uniformidad y una centralización que mata la espontaneidad del espíritu. Por todo ello nos parece que caben dos soluciones:1) Concebir la T. p. como estudio de la actividad de toda la Iglesia, pero distinguiendo en ella una parte general, que estudiará algunos criterios generales (sentido de la fe y de la unidad, actitud de servicio, etc.), y que sería necesariamente muy breve, y diversas partes especiales, según los ministerios o funciones que se consideran.
2) Centrar la T. p. en el estudio de la actividad de los pastores en sentido estricto, es decir, aquellas que, junto con la consagración sacerdotal, han recibido el ministerio de la cura de almas. Esta segunda solución parece preferible, ya que, de una parte, las principios generales a que hemos hecho referencia son las consecuencias de una buena eclesiología y son por eso ya vistos en ese tratado; y, de otra, el adjetivo pastoral tiene en la tradición cristiana un significado preciso que no nos parece oportuno desvirtuar. Finalmente, el apostolado que realizan los fieles es tan variada -depende de las múltiples situaciones de familia, cultura, sociedad, profesión, etc.que pretender someterlo a unas reglas resulta metodológicamente imposible, con lo que se oscilaría entre afirmaciones genéricas o la tendencia a una reglamentación excesiva que ahogaría la vida; es importante, repetimos, salvaguardar la legítima libertad personal con la que cada cristiano debe cumplir la misión apostólica a la que por el Bautismo (v.) está llamado.
En resumen, lo que hay de positivo en la idea de Graf debe ser recogido en la eclesiología y en la T. p. -ya que uno de los criterios que las pastores deben tener en el ejercicio de sus funciones es defender y promover el sentido activo de todo el pueblo de Dios-, pero no debe llevar a cambiar el objeto de la T. p., que, a nuestra juicio, debe continuar ocupándose de estudiar el desempeño de la función de cura de almas.
b. Fuentes y método. Señalemos, en primer lugar, que la T. p. presupone la Teología dogmática (v.), especialmente la Eclesiología (v.), así como la Teología moral (v.) y la Teología espiritual (v.). Empieza, en efecto, su tarea presuponiendo ya conocida la misión de la Iglesia y las funciones que Cristo le ha confiado, e inicia su trabajo preguntándose sobre el ejercicio de la misión pastoral en servicio de la tarea de glorificación de Dios y salvación de las almas a la que la Iglesia se ordena. Para ello es necesario que el cultivador de la T. p. dirija de nueva su atención a la Revelación misma: es ella, en efecto, no sólo la norma que define la naturaleza de la misión pastoral, sino la regla primera que determina su ejercicio.
Remitiendo para un estudio general de las fuentes y método teológicas a TEOLOGÍA II y III, digamos aquí que quien estudia la T. p. debe empaparse ante todo de la S. E., en la que no sólo se nos comunica el mensaje de Cristo y se nos define la misión por Él encomendada, sino que se nos transmiten múltiples consejos y normas pastorales concretas: llamada a la santidad de los ministros (Lev 21,1-9; 2 Cor 6,4.6.7); necesidad del estudio y de guardar la buena doctrina (1 Tim 4,13.16; 6,20-21); virtudes que debe vivir el pastor de almas (Act 20,28; 1 Pet 5,2); mandato de predicar a todas las criaturas (Me 16,15), administrando los sacramentos y enseñando la doctrina de Cristo (Mt 28,19-20), con ocasión y sin ella (2 Tim 4,2), etc. Como síntesis o visión de conjunto de la figura del pastor y del desempeño del ministerio pastoral encontramos las instrucciones dadas por Cristo con ocasión de la primera misión de los Apóstoles (Mt 10,1-42), así como las normas y orientaciones dadas después por los Apóstoles (v., en especial, las epístolas a Tito y Timoteo), pero, sobre todo, el ejemplo de Cristo mismo, «camino, verdad y vida» (lo 14,6), en el que encontramos las luces más claras para entender y orientar rectamente el oficio pastoral.
A esa consideración constante de la S. E., el estudioso de la T. p. debe unir el estudio de la Tradición (v.) y de la praxis de la Iglesia, que le llevará no sólo a conocer y comprender la palabra divina, sino también a enriquecerse con los tesoros de experiencia acumulados a lo largo de la historia cristiana; y, especialmente, el de las decisiones con las que el Magisterio ha ido señalando los modos concretos de servir a la misión recibida de Dios. Desde los primeros sínodos hasta el Conc. Vaticano II prácticamente todos los Concilios (v.) ecuménicos han emanado decretos disciplinares que deben ser conocidos por el pastoralista; recordemos, por su especial relieve, la amplia labor del Conc. de Trento, no sólo con sus decretos, sino con su indicación de que se redactara el que luego se llamó Catecismo romano, Catecismo para párrocos o Catecismo de San Pío V, capital para toda teología de la predicación y de la catequesis. A ello se une, finalmente, el estudio de las enseñanzas y orientaciones del Magisterio (v.) ordinario, de la Liturgia (v.), escuela de formación en la fe, Derecha canónico (v.), etc.
Siendo el objeto de la T. p. no el estudio de la naturaleza de la misión pastoral, sino el de su ejercicio, asume para su desarrollo las reales adquisiciones de diversas ciencias humanas que pueden servir a ese fin: la Psicología (v.) y la Sociología (v.), que ayudan a conocer la manera de reaccionar de las personas o las circunstancias del momento histórico en que se encuentran; la Pedagogía (v.) y la Retórica (v.), que ilustran sobre las vías para transmitir una enseñanza viva, etc. Dejando clara la importancia que para la T. p. tienen esos saberes, conviene a la vez insistir en su carácter subordinado: no son ellos, sino el dato revelado, quienes rigen la Teología pastoral. En ese sentido es oportuno precaver frente a un doble peligro: 1) colocar el énfasis en los medios humanos y técnicos, olvidando la eficacia intrínseca que tienen la propia palabra de Dios y la gracia, que trasciende los condicionamientos humanos y gustan en ocasiones servirse de lo débil según la carne, más que de lo fuerte (cfr. 1 Cor 1,17-31); 2) recurrir a los estudios psicológicos y sociológicos como si a ellos les correspondiera determinar por entero el modo de ejercicio de la actividad pastoral, olvidando que el mensaje revelado y la vida que en él se anuncia tienen una sustantividad y determinan, por tanto, en su núcleo central, el modo de su transmisión. Lo que las ciencias humanas pueden, y deben, aportar son complementos y ayudas en la comprensión de la pastoral, bien en general. bien en una concreta circunstancia histórica, pero en modo alguno la determinación de su sustancia. Las desviaciones en que han incidido diversos estudios pastoralistas, sobre todo en la época posterior a 1960, derivan, a nuestro parecer, de haber invertido esta jerarquía de fuentes a que acabamos de hacer referencia.
c. División y temática. No hay un acuerdo general sobre la división o estructuración de esta disciplina: basta revisar los índices de los manuales para comprobarlo.
Por ello, más que proponer aquí una posible sistematización, vamos a comentar cuál es, en general, su temática. En ese sentido puede decirse, ante todo, que la T. p. comprende el estudio de la actividad de los pastores, que, según una división ya tradicional, puede analizarse según tres funciones o munera: 1) La función o misión profética, es decir, el anuncio del Evangelio invitando «a todos con instancia a la conversión a la santidad» (Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 4), que comprende formas muy variadas: la enseñanza magisterial (v. MAGISTERIO ECLESIÁSTICO); la catequesis (v.); la predicación (v.), tanto en general como homilética (v.); la dirección espiritual (v.); la atención a los que yerran o no creen, etc. 2) La función sacerdotal o litúrgica, en la que se incluye tanto la dispensación de los sacramentos (v.), y especialmente -por su particular incidencia pastoral- la Penitencia (v.) y la Eucaristía (v.), como la acción de gracias y la alabanza divina (v. LITURGIA; OFICIO DIVINO). 3) La misión regia o de gobierno (también llamada por algunos hodegética: del vergo griego hodegeo, que significa guiar, mostrar el camino), que abarca tanto el gobierno propiamente dicho (v. JERARQUÍA ECLESIÁSTICA), como la atención que cada presbítero debe dedicar a los fieles que de algún modo le han sido encomendados, la promoción de la caridad fraterna, la solicitud para con los más necesitados, etc.
La T. p. estudia esas diversas funciones o tareas tanto por lo que se refiere a su desempeño individual, como a las estructuras que puedan constituirse en su servicio (V. CIRCUNSCRIPCIÓN ECLESIÁSTICA; DIÓCESIS; PARROQUIA; ASOCIACIONES V; etc.). Y ya que ninguna tarea o estructura se realiza o vive por sí sola, sino según los individuos que la asumen o vivifican, la T. p. se ocupa -y como parte especialísima- de la figura del pastor de almas y de analizar los medios que conducen a su formación adecuada. Sin exponer un programa detallado de formación pastoral (v., al respecto, PASTORAL, ACTIVIDAD; SACERDOCIO IV y V; SEMINARIOS Y UNIVERSIDADES ECLESIÁSTICAS), no queremos dejar de esbozar algunas líneas de fuerza que no deben faltar jamás en la preparación para la función pastoral y en el ejercicio de la misma: sentido de la fe; esfuerzo para alcanzar la santidad personal, como base imprescindible para un desempeño adecuado de la misión recibida; caridad y espíritu de servicio; conciencia del valor insustituible de los sacramentos como fuentes del vivir cristiano; valentía y decisión en la proclamación de la palabra de Dios; coherencia interior, de manera que el modo de vivir se adecue a lo que se dice y sirva de ejemplo y estímulo.
Es propio de la T. p. -así como del gobierno pastoral, en el nivel en que a cada uno le corresponde- llegar a algunas normas, criterios u orientaciones generales. Recordemos al respecto lo que ya decíamos al principio: si bien alcanzar esos criterios generales es fundamental -se trata de servir a la misión confiada por Dios a la Iglesia y, por tanto, de comprender cuál es la manera de actuar adecuada a ella-, debe evitarse toda reglamentación o programación excesiva, que coarte y ahogue la iniciativa individual y los carismas que Dios, libremente, pueda conceder a cada uno. De ahí que cada fiel cristiano goce de una legítima libertad en el ámbito de su vida profesional, social y familiar; y que cada sacerdote -dentro de la obediencia que debe a su Ordinario y de las determinaciones propias de su ministerio- pueda escoger aquellos modos pastorales que considere más apropiados para su peculiar tarea, etc.
3. El arte de la pastoral. La formación pastoral no se adquiere sólo con el estudio de la T. p., ya que requiere tanto o más adquirir la vida cristiana y aprender un arte; solamente así se podrán poner en práctica los conocimientos en el ejercicio concreto del ministerio. Este ejercicio requiere algunas dotes naturales: equilibrio, objetividad, comprensión, etc., que se perfeccionan con la práctica y, sobre todo, con la petición humilde al Señor; dotes todas ellas que tienen un firme apoyo en la prudencia (v.) adquirida y sobrenatural; además, esas virtudes son iluminadas y perfeccionadas por el don de consejo y el de sabiduría (v. ESPÍRITU SANTO III).
Como todo arte, no se aprende sólo en los libros, es preciso adquirirlo también de modo vivo bajo la dirección de sacerdotes con experiencia: «Puesto que es necesario que los alumnos aprendan el arte de ejercer el apostolado no sólo teóricamente, sino también en la práctica, y que sepan actuar bajo su propia responsabilidad y en unión con otros, deben ser iniciados en la práctica de la pastoral (...) por medio de actividades oportunas. Éstas deben realizarse (...) bajo la dirección de varones expertos en cuestiones pastorales, recordándoles siempre la primordial importancia de los medios sobrenaturales» (Conc. Vaticano II, Decr. Optatam totius, 21).
Por todo ello, la formación pastoral no puede ser algo exclusivamente teórico, sino que debe ir acompañado de una entrega práctica a la tarea que se estudia. Concebir la formación pastoral, o su posterior actualización y puesta al día, como una tarea exclusivamente académica, confiada sólo a cursillos y conferencias, sería adentrarse por un camino inadecuado.
1. Concepto. La T. p. es la parte de la Teología (v.) que estudia el desempeño de la función de cura de almas. Etimológicamente la denominación de «pastoral» deriva -por analogía- de la misión del pastor: este oficio -cuidado y crianza de la greyexige atención, entrega, vigilancia, aprecio; y desde muy antiguo se encuentra aplicado, de modo figurado, a quien ha de velar por la comunidad. También la S. E. emplea con frecuencia esta figura referida a Dios, y a los reyes y, en general, a los que gobiernan Israel; los profetas también llaman pastor al Mesías esperado. Jesucristo gustó de acudir a la imagen del pastor en la predicación: parábola de la oveja perdida (Lc 15,1-10), descripción del juicio universal como una grey en que eJ pastor selecciona las ovejas de los cabritos (Mt 25,32-33), etc.; y especialmente en la alegoría del Buen Pastor (lo 10, 1-18), con la que reivindica para sí las profecías del A. T., y, por tanto, la misión stíprema de apacentar a su pueblo (V. BUEN PASTOR). La transmisión del oficio pastoral a sus sucesores (lo 21,15-17) y la utilización de este título por los Apóstoles (Eph 4,11; 1 Pet 5,1-4) hizo que pasara al acervo común de la Iglesia para designar a aquellas personas que debían velar por la grey cristiana y conducirla hacia su último fin, según las indicaciones del Pastor Supremo. Así, pues, T. p. es la ciencia teológica de la cooperación ministerial de la Iglesia al plan divino de la salvación que nos ha sida revelado por Jesucristo.
Se puede distinguir -aunque no separar- entre la pastoral como tarea o actividad (v. PASTORAL, ACTIVIDAD) y la T. p. como disciplina sistematizada: la primera -entendida como la práctica misma de la misión pastoral- ha existido siempre en la Iglesia por mandato de Cristo (cfr. lo 21,16 ss.); la T. p., como estudia sistemático de los diversos aspectos de la acción pastoral a la luz de la Revelación (v.), es una ciencia teológica que se ha ido desarrollando al mismo tiempo que la vida de la Iglesia. La denominación de T. p. es relativamente reciente: el término lo utiliza S. Pedro Canisio por vez primera en el s. XVI y aparece coma disciplina aparte en los planes de estudio del s. XVIII; pera esto no quiere decir que en los tiempos anteriores no se haya hecho tal ciencia, sino sencillamente que no se ha cultivado de forma separada, y, por tanto, que era estudiada e incluida dentro de la Teología en general. Insistamos finalmente en que la distinción entre actividad pastoraly T. p. no debe ser forzada; la T. p. supone el conocimiento de la naturaleza de la Iglesia y de la historia de su ministerio pastoral a lo largo de los siglos; si no se puede hacer ciencia teológica de ningún tipo, si el teólogo no se adentra con su propia vida en la intimidad divina, no puede hacerse T. p. si no se recorre a la vez el camino de la acción pastoral. Esto explica quizá que durante tantos siglos no se hayan preocupado demasiado de distinguir la ciencia teológica pastoral de la Teología misma, y sobre todo de la vida, exigencias y labor de la pastoral de almas, y que, por tanto, haya tardado tanto en nacer la T. p. como disciplina aparte.
2. La Teología pastoral como ciencia. a. Determinación de su objeto y contenido. Es ésta una cuestión debatida en el s. XX como resultado de la evolución histórica de esta disciplina en la época moderna. En el s. XVIII, al ser constituida como disciplina autónoma en las escuelas austriacas, es concebida como un estudio de la praxis sacerdotal desde una perspectiva más bien jurídica y reglamentadora, de acuerdo con las tendencias regalistas del ambiente austriaco de aquella época (v. JOSEFINISMO). A finales del s. XVlII y principios del XIX se inicia una corriente que quiere vincular la T. p. a una eclesiología más precisa e integral. En esta línea se mueven diversos autores de la escuela de Tubinga (v.), y especialmente, ya a mediados del s. XIX, Anton Graf, que propone una nueva estructuración de la T. p. que dejaría de estar centrada en el sacerdote y su ministerio para considerar a la Iglesia en su conjunto.
La idea de Graf ha tenido fuerte influencia en el desarrollo posterior de las estudios. Se entiende fácilmente, ya que tiene aspectos muy positivos: pone, en efecto, de relieve que todos los cristianos participan de la misión de la Iglesia y, por consiguiente, son responsables de la difusión de la verdad cristiana, etc. (v. IGLESIA III, 3-6; APOSTOLADO). Presenta, no obstante -si no es muy bien matizada-, aspectos negativos. En primer lugar, al poner el acento en la Iglesia en su conjunto como sujeto de la pastoral, corre el riesgo de desdibujar la diversidad de funciones, y provocar un olvida práctico -o al menos una minusvaloración- de la distinción entre el sacerdocio ministerial y el común de los fieles, dando así lugar a actitudes que coartan la libertad que la Jerarquía debe tener en el ejercicio de sus funciones o que clericalizan la vida laical. En segundo lugar -yen parte en dependencia de lo anterior-, puede llevar a un desconocimiento práctico de la diversidad de carismas y vocaciones individuales, originando una tendencia a la uniformidad y una centralización que mata la espontaneidad del espíritu. Por todo ello nos parece que caben dos soluciones:1) Concebir la T. p. como estudio de la actividad de toda la Iglesia, pero distinguiendo en ella una parte general, que estudiará algunos criterios generales (sentido de la fe y de la unidad, actitud de servicio, etc.), y que sería necesariamente muy breve, y diversas partes especiales, según los ministerios o funciones que se consideran.
2) Centrar la T. p. en el estudio de la actividad de los pastores en sentido estricto, es decir, aquellas que, junto con la consagración sacerdotal, han recibido el ministerio de la cura de almas. Esta segunda solución parece preferible, ya que, de una parte, las principios generales a que hemos hecho referencia son las consecuencias de una buena eclesiología y son por eso ya vistos en ese tratado; y, de otra, el adjetivo pastoral tiene en la tradición cristiana un significado preciso que no nos parece oportuno desvirtuar. Finalmente, el apostolado que realizan los fieles es tan variada -depende de las múltiples situaciones de familia, cultura, sociedad, profesión, etc.que pretender someterlo a unas reglas resulta metodológicamente imposible, con lo que se oscilaría entre afirmaciones genéricas o la tendencia a una reglamentación excesiva que ahogaría la vida; es importante, repetimos, salvaguardar la legítima libertad personal con la que cada cristiano debe cumplir la misión apostólica a la que por el Bautismo (v.) está llamado.
En resumen, lo que hay de positivo en la idea de Graf debe ser recogido en la eclesiología y en la T. p. -ya que uno de los criterios que las pastores deben tener en el ejercicio de sus funciones es defender y promover el sentido activo de todo el pueblo de Dios-, pero no debe llevar a cambiar el objeto de la T. p., que, a nuestra juicio, debe continuar ocupándose de estudiar el desempeño de la función de cura de almas.
b. Fuentes y método. Señalemos, en primer lugar, que la T. p. presupone la Teología dogmática (v.), especialmente la Eclesiología (v.), así como la Teología moral (v.) y la Teología espiritual (v.). Empieza, en efecto, su tarea presuponiendo ya conocida la misión de la Iglesia y las funciones que Cristo le ha confiado, e inicia su trabajo preguntándose sobre el ejercicio de la misión pastoral en servicio de la tarea de glorificación de Dios y salvación de las almas a la que la Iglesia se ordena. Para ello es necesario que el cultivador de la T. p. dirija de nueva su atención a la Revelación misma: es ella, en efecto, no sólo la norma que define la naturaleza de la misión pastoral, sino la regla primera que determina su ejercicio.
Remitiendo para un estudio general de las fuentes y método teológicas a TEOLOGÍA II y III, digamos aquí que quien estudia la T. p. debe empaparse ante todo de la S. E., en la que no sólo se nos comunica el mensaje de Cristo y se nos define la misión por Él encomendada, sino que se nos transmiten múltiples consejos y normas pastorales concretas: llamada a la santidad de los ministros (Lev 21,1-9; 2 Cor 6,4.6.7); necesidad del estudio y de guardar la buena doctrina (1 Tim 4,13.16; 6,20-21); virtudes que debe vivir el pastor de almas (Act 20,28; 1 Pet 5,2); mandato de predicar a todas las criaturas (Me 16,15), administrando los sacramentos y enseñando la doctrina de Cristo (Mt 28,19-20), con ocasión y sin ella (2 Tim 4,2), etc. Como síntesis o visión de conjunto de la figura del pastor y del desempeño del ministerio pastoral encontramos las instrucciones dadas por Cristo con ocasión de la primera misión de los Apóstoles (Mt 10,1-42), así como las normas y orientaciones dadas después por los Apóstoles (v., en especial, las epístolas a Tito y Timoteo), pero, sobre todo, el ejemplo de Cristo mismo, «camino, verdad y vida» (lo 14,6), en el que encontramos las luces más claras para entender y orientar rectamente el oficio pastoral.
A esa consideración constante de la S. E., el estudioso de la T. p. debe unir el estudio de la Tradición (v.) y de la praxis de la Iglesia, que le llevará no sólo a conocer y comprender la palabra divina, sino también a enriquecerse con los tesoros de experiencia acumulados a lo largo de la historia cristiana; y, especialmente, el de las decisiones con las que el Magisterio ha ido señalando los modos concretos de servir a la misión recibida de Dios. Desde los primeros sínodos hasta el Conc. Vaticano II prácticamente todos los Concilios (v.) ecuménicos han emanado decretos disciplinares que deben ser conocidos por el pastoralista; recordemos, por su especial relieve, la amplia labor del Conc. de Trento, no sólo con sus decretos, sino con su indicación de que se redactara el que luego se llamó Catecismo romano, Catecismo para párrocos o Catecismo de San Pío V, capital para toda teología de la predicación y de la catequesis. A ello se une, finalmente, el estudio de las enseñanzas y orientaciones del Magisterio (v.) ordinario, de la Liturgia (v.), escuela de formación en la fe, Derecha canónico (v.), etc.
Siendo el objeto de la T. p. no el estudio de la naturaleza de la misión pastoral, sino el de su ejercicio, asume para su desarrollo las reales adquisiciones de diversas ciencias humanas que pueden servir a ese fin: la Psicología (v.) y la Sociología (v.), que ayudan a conocer la manera de reaccionar de las personas o las circunstancias del momento histórico en que se encuentran; la Pedagogía (v.) y la Retórica (v.), que ilustran sobre las vías para transmitir una enseñanza viva, etc. Dejando clara la importancia que para la T. p. tienen esos saberes, conviene a la vez insistir en su carácter subordinado: no son ellos, sino el dato revelado, quienes rigen la Teología pastoral. En ese sentido es oportuno precaver frente a un doble peligro: 1) colocar el énfasis en los medios humanos y técnicos, olvidando la eficacia intrínseca que tienen la propia palabra de Dios y la gracia, que trasciende los condicionamientos humanos y gustan en ocasiones servirse de lo débil según la carne, más que de lo fuerte (cfr. 1 Cor 1,17-31); 2) recurrir a los estudios psicológicos y sociológicos como si a ellos les correspondiera determinar por entero el modo de ejercicio de la actividad pastoral, olvidando que el mensaje revelado y la vida que en él se anuncia tienen una sustantividad y determinan, por tanto, en su núcleo central, el modo de su transmisión. Lo que las ciencias humanas pueden, y deben, aportar son complementos y ayudas en la comprensión de la pastoral, bien en general. bien en una concreta circunstancia histórica, pero en modo alguno la determinación de su sustancia. Las desviaciones en que han incidido diversos estudios pastoralistas, sobre todo en la época posterior a 1960, derivan, a nuestro parecer, de haber invertido esta jerarquía de fuentes a que acabamos de hacer referencia.
c. División y temática. No hay un acuerdo general sobre la división o estructuración de esta disciplina: basta revisar los índices de los manuales para comprobarlo.
Por ello, más que proponer aquí una posible sistematización, vamos a comentar cuál es, en general, su temática. En ese sentido puede decirse, ante todo, que la T. p. comprende el estudio de la actividad de los pastores, que, según una división ya tradicional, puede analizarse según tres funciones o munera: 1) La función o misión profética, es decir, el anuncio del Evangelio invitando «a todos con instancia a la conversión a la santidad» (Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 4), que comprende formas muy variadas: la enseñanza magisterial (v. MAGISTERIO ECLESIÁSTICO); la catequesis (v.); la predicación (v.), tanto en general como homilética (v.); la dirección espiritual (v.); la atención a los que yerran o no creen, etc. 2) La función sacerdotal o litúrgica, en la que se incluye tanto la dispensación de los sacramentos (v.), y especialmente -por su particular incidencia pastoral- la Penitencia (v.) y la Eucaristía (v.), como la acción de gracias y la alabanza divina (v. LITURGIA; OFICIO DIVINO). 3) La misión regia o de gobierno (también llamada por algunos hodegética: del vergo griego hodegeo, que significa guiar, mostrar el camino), que abarca tanto el gobierno propiamente dicho (v. JERARQUÍA ECLESIÁSTICA), como la atención que cada presbítero debe dedicar a los fieles que de algún modo le han sido encomendados, la promoción de la caridad fraterna, la solicitud para con los más necesitados, etc.
La T. p. estudia esas diversas funciones o tareas tanto por lo que se refiere a su desempeño individual, como a las estructuras que puedan constituirse en su servicio (V. CIRCUNSCRIPCIÓN ECLESIÁSTICA; DIÓCESIS; PARROQUIA; ASOCIACIONES V; etc.). Y ya que ninguna tarea o estructura se realiza o vive por sí sola, sino según los individuos que la asumen o vivifican, la T. p. se ocupa -y como parte especialísima- de la figura del pastor de almas y de analizar los medios que conducen a su formación adecuada. Sin exponer un programa detallado de formación pastoral (v., al respecto, PASTORAL, ACTIVIDAD; SACERDOCIO IV y V; SEMINARIOS Y UNIVERSIDADES ECLESIÁSTICAS), no queremos dejar de esbozar algunas líneas de fuerza que no deben faltar jamás en la preparación para la función pastoral y en el ejercicio de la misma: sentido de la fe; esfuerzo para alcanzar la santidad personal, como base imprescindible para un desempeño adecuado de la misión recibida; caridad y espíritu de servicio; conciencia del valor insustituible de los sacramentos como fuentes del vivir cristiano; valentía y decisión en la proclamación de la palabra de Dios; coherencia interior, de manera que el modo de vivir se adecue a lo que se dice y sirva de ejemplo y estímulo.
Es propio de la T. p. -así como del gobierno pastoral, en el nivel en que a cada uno le corresponde- llegar a algunas normas, criterios u orientaciones generales. Recordemos al respecto lo que ya decíamos al principio: si bien alcanzar esos criterios generales es fundamental -se trata de servir a la misión confiada por Dios a la Iglesia y, por tanto, de comprender cuál es la manera de actuar adecuada a ella-, debe evitarse toda reglamentación o programación excesiva, que coarte y ahogue la iniciativa individual y los carismas que Dios, libremente, pueda conceder a cada uno. De ahí que cada fiel cristiano goce de una legítima libertad en el ámbito de su vida profesional, social y familiar; y que cada sacerdote -dentro de la obediencia que debe a su Ordinario y de las determinaciones propias de su ministerio- pueda escoger aquellos modos pastorales que considere más apropiados para su peculiar tarea, etc.
3. El arte de la pastoral. La formación pastoral no se adquiere sólo con el estudio de la T. p., ya que requiere tanto o más adquirir la vida cristiana y aprender un arte; solamente así se podrán poner en práctica los conocimientos en el ejercicio concreto del ministerio. Este ejercicio requiere algunas dotes naturales: equilibrio, objetividad, comprensión, etc., que se perfeccionan con la práctica y, sobre todo, con la petición humilde al Señor; dotes todas ellas que tienen un firme apoyo en la prudencia (v.) adquirida y sobrenatural; además, esas virtudes son iluminadas y perfeccionadas por el don de consejo y el de sabiduría (v. ESPÍRITU SANTO III).
Como todo arte, no se aprende sólo en los libros, es preciso adquirirlo también de modo vivo bajo la dirección de sacerdotes con experiencia: «Puesto que es necesario que los alumnos aprendan el arte de ejercer el apostolado no sólo teóricamente, sino también en la práctica, y que sepan actuar bajo su propia responsabilidad y en unión con otros, deben ser iniciados en la práctica de la pastoral (...) por medio de actividades oportunas. Éstas deben realizarse (...) bajo la dirección de varones expertos en cuestiones pastorales, recordándoles siempre la primordial importancia de los medios sobrenaturales» (Conc. Vaticano II, Decr. Optatam totius, 21).
Por todo ello, la formación pastoral no puede ser algo exclusivamente teórico, sino que debe ir acompañado de una entrega práctica a la tarea que se estudia. Concebir la formación pastoral, o su posterior actualización y puesta al día, como una tarea exclusivamente académica, confiada sólo a cursillos y conferencias, sería adentrarse por un camino inadecuado.
FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS
INTRODUCCION
Por medio del siguiente
trabajo se pretende estudiar y analizar las ramas teológicas, su naturaleza,
etimología, inicios y evolución hasta los tiempos actuales. Los pioneros de los
primeros conceptos teológicos y como se ha ido enriqueciendo la información a
través de experiencias directas con la palabra de Dios. Es por tanto que en el
siguiente trabajo se tratara acerca de la teología sistemática, dogmática,
practica o ética, la teología pastoral y por ultimo la litúrgica; tratando así
de poder llegar a un análisis y conocimiento mas profundo a cerca de ellas,
basándose en la palabra de Dios, ya que ningún otro libro puede dar una
descripción tan clara, completa y perfecta de lo que es Dios, de sus
exigencias, de sus propósitos y promesas y de su misma naturaleza.
OBJETIVOS
ü Entender
y comprender lo que es la teología y todas sus derivadas.
ü Analizar
una a una las clases de teologías que hay.
ü Describir
las características fundamentales de la teología.
ü Distinguir
las diferencias que existen entre estas.
ü Aplicar
a la vida diaria cada uno de los conceptos teológicos que nos llevan a conocer más
a de Dios.
TEOLOGÍA
SISTEMÁTICA
Teología sistemática, es una
disciplina de la teología cristiana, cuyo fin es formular una coherente, ordenada
y racional presentación de la fe y creencias cristianas, inherentes a un
sistema de pensamiento teológico que se desarrolla con un método, que puede
aplicarse tanto en lo general y como en lo particular. Si bien una teología
sistemática debe tener en cuenta los textos sagrados de su fe, también debe
mirar a la historia, la filosofía, la ciencia, la ética. Clásicamente la
teología sistemática se divide en la doctrina de la Palabra de Dios, la
doctrina de Dios, la doctrina del Hombre, la doctrina de Cristo, la doctrina
del Espíritu Santo, la doctrina de la Redención, la doctrina de la Iglesia y la
doctrina del futuro.
La Teología Sistemática nos
ayuda a percibir las verdades bíblicas con más claridad. Además nos permite
presentarlas más convincentemente. Nos ayuda también a ver la proporción
relativa de estas doctrinas, para que demos un énfasis mayor a las doctrinas
más importantes.
Las presuposiciones
necesarias para el estudio de la teología sistemática son las siguientes:
A. Se presupone que
la lógica es un criterio válido para la evaluación de la verdad. Se asume que la inconsistencia lógica indica
que el sistema es falso por completo o en parte.
B. Se presupone que
la Biblia contiene un sistema lógico de teología que puede ser descubierto a
través de la aplicación de las reglas ordinarias de la hermenéutica y de la
lógica.
Lo siguientes son
algunos comentarios que presenta la biblia a cerca del estudio de la teología:
A. Pablo dijo que no
había “rehuido anunciaros todo el consejo de Dios.” De esto podemos concluir
que el contenido completo del plan divino relacionado con la Redención es
conocible y comunicable. Pablo asume en el contexto que los ancianos de Éfeso
entendieron. Que era su responsabilidad
como ancianos alcanzar un entendimiento completo de ese plan.
B. El primer cosa que
los Apóstoles enseñaron a sus convertidos fue la sana doctrina.
(Hch.2:42).
C. Se nos advierte
que evitemos a aquellos quienes enseñan lo contrario a la sana doctrina.
(Ro.16:14) Esto significa que debemos
conocer cómo discernir la diferencia entre buena y mala doctrina.
D. Pablo describe
a un buen ministro como aquel que es
“nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina”. (ITi.4:6) De esta forma podemos concluir que es
imposible ser un buen ministro del Evangelio sin ser un estudiante de la buena
doctrina.
E. Pablo exhorta a
Tito para que su conversación sea consistente con la sana doctrina. (Tit.2:1)
F. Se nos advierte
que evitemos a aquellos quienes son llevados por todo viento de doctrinas
Populares. (Ef. 4:14)
G. Juan nos dice que
debemos rechazar a aquellas personas religiosas quienes vienen a nosotros sin la sana doctrina acerca de la
persona de Jesucristo. (2Jn.9-10)6
H. Judas nos exhorta a contender por la fe una
vez dada a los santos (Judas 3-4) La
frase “la fe” se refiere a ese cuerpo de enseñanza en que consiste la
cristiandad. De esta forma Judas declara
que existe un cuerpo de enseñanza por la cual debemos contender. Los que
pervierten ese cuerpo de doctrina, especialmente los que asaltan la soberanía
de Dios y su gracia son destinados para la condenación.
TEOLOGIA DOGMATICA O HISTORICA
En Teología la
palabra "dogma" no siempre se ha usado en el mismo sentido. La
literatura teológica del pasado a veces la emplea en un sentido muy amplio que
equivale, prácticamente, a "doctrina". Pero cuando en esa misma
literatura se habla con precisión acerca de los dogmas se refiere a ellos como
afirmaciones o definiciones de doctrina, que el cuerpo de cristianos que los
definió, considera como verdades inconmovibles, y por eso mismo revestidas con
autoridad. Los Padres de la Iglesia Primitiva hablan de las verdades de la fe
cristiana, llamándoles dogmas a medida que eran reconocidas en la Iglesia, y
aplican también este término a las enseñanzas de los herejes. En la Edad Media
se desarrolló por la Iglesia Católico romana un concepto de los dogmas un tanto
más específico. Un dogma llegó a considerarse en esa iglesia como "una
verdad revelada que de alguna manera ha sido definida por una autoridad docente
• infalible, y como tal, propuesta a la aceptación de los fieles". Tales verdades no necesariamente estarán
reveladas en la Escritura, sino que también podrían revelarse en la tradición
oral. Lo importante es que la iglesia declare que son reveladas y que con ese
carácter las imponga sobre sí misma. Tal cosa equivale realmente a reposar
sobre la autoridad de la iglesia. Los Reformadores y los teólogos protestantes,
en general, rompieron con este concepto jerárquico, y consideraron que los
dogmas son verdades divinas, reveladas claramente en la Palabra de Dios,
formuladas por algún cuerpo eclesiástico competente, y de reconocida autoridad
porque se derivan de la Palabra de Dios. Aunque los protestantes atribuyen a
los dogmas mucha firmeza y estabilidad, nunca los consideraron, ni los
consideran hoy como infalibles .A este respecto se produjo un cambio notable
debido a Schleiermacher, que viró del concepto objetivo al subjetivo en
relación con el origen de los dogmas. Puesto que Schleiermacher consideró que
tenían su origen en la experiencia cristiana, vio en ellos las expresiones
intelectuales, autorizadas por la iglesia, respecto al significado íntimo de
las experiencias religiosas de la comunidad cristiana. La teología cristiana
pretende ser más objetiva en su concepto de los dogmas, pero de hecho es
igualmente subjetiva. Considera que los dogmas son afirmaciones científicas de
la fe de la iglesia, es decir, no del contenido de esta fe sino de lo que en
ella queda envuelto. En esta explicación de la fe, la fides qua creditur, se
convierte en la fuente de los dogmas, y esta es precisamente tan subjetiva como
la experiencia religiosa. En tanto que es del todo cierto que esta fe no surge
sin la revelación divina, esto es también cierto de igual manera, respecto a la
experiencia religiosa de la que habla Schleiermacher .En muchos círculos
todavía prevalecen los conceptos que Schleiermacher y Ritschl tuvieron acerca
de los dogmas Pero en la teología más reciente se está manifestando una nueva
tendencia a reconocer su carácter objetivo. P. T. Forsyth, al cual menciona
McConnachie llamándolo "un bartiano anterior a Barth," habla del
dogma como "la revelación final de una definición en germen", y como
"un acto de Dios expresado como acciones externas (políticas y canónicas)
habiendo recibido la impresión de diferentes tendencias teológicas. No todos los períodos de la historia han sido
igualmente favorables para la reflexión requerida para la formación de los
dogmas. Se necesita espiritualidad profunda, fervor religioso, sujeción
voluntaria a la verdad tal como está revelada en la Palabra de Dios, una pasión
consumidora por ganar una cada vez mayor penetración en la verdad con todas sus
consecuencias, un estudio exegético diligente y habilidad constructiva. El frío
racionalismo y el sentimental pietismo son, por igual, hostiles al dogma. Y en
verdad, una época como la nuestra, en la que las especulaciones filosóficas y
los análisis psicológicos han tomado en gran parte el lugar del estudio
verdaderamente teológico, no se propicia para la construcción de dogmas
teológicos. Se reconoce muy poco la suprema importancia de meditar sobre la
verdad, según se encuentra revelada en la Palabra de Dios. De hecho hay una
amplia y decidida oposición a la idea de que el hombre tiene que dirigir sus
pensamientos sujetos a la obediencia de Cristo y que en la investigación de la
verdad respecto a Dios y al hombre, el pecado y la redención, la vida y la
muerte, debe el hombre fundamentar su pensamiento sobre la palabra de autoridad,
la Palabra inspirada de Dios, más que sobre los descubrimientos de la falible
razón humana. Los dogmas tienen que ser definidos oficialmente por algún cuerpo
eclesiástico competente.
·
LOS ELEMENTOS INCLUIDOS EN
LOS DOGMAS
Los dogmas cristianos
incluyen varios elementos que son de gran importancia para la vida de la
Iglesia. De éstos, merecen mención especial los tres siguientes:
1.
EL
ELEMENTO SOCIAL. Los dogmas religiosos no son producto de individuos
cristianos, sino de la Iglesia como un todo. Aunque originalmente la
apropiación de la verdad revelada en la Biblia es personal, gradualmente toma
un aspecto comunal y corporativo. Sólo en comunión con todos los santos pueden
los creyentes entender la verdad y reproducirla confiadamente. La reflexión
personal de cada cristiano gana de esta manera la ventaja de un control
colectivo, y como es natural, se fortalece en gran manera la confianza que debe
poseer en sus propios descubrimientos por el hecho de que otros millares aparte
de él arriben a la misma conclusión. El carácter comunal o social que de esta
manera requieren los dogmas no debe ser considerado como algo accidental y sólo
de importancia relativa, sino que debiera tenerse como algo que es de
importancia absoluta. Sin embargo, las opiniones personales, a pesar de lo
verdaderas y valiosas que puedan ser, no constituyen dogmas cristianos. Algunos
extremistas objetan al elemento social de los dogmas. Admiten la necesidad de
escudriñar la verdad, pero opinan que el respeto personal propio debe impulsar a
cada uno a decidir por sí lo que es la verdad.
2.
.
EL ELEMENTO TRADICIONAL. Los dogmas contienen también un elemento tradicional.
El cristianismo descansa sobre hechos históricos que llegan a nuestro
conocimiento por medio de una revelación que fue dada y completada hace más de
diecinueve siglos. Y el entendimiento y la interpretación correctos de estos
hechos sólo puede resultar de continuas oraciones y meditación, del estudio y
las luchas de la Iglesia de todos los siglos. Jamás puede un solo cristiano tener
la esperanza de lograr asimilar y reproducir adecuadamente el contenido
completo de la revelación divina. Y tampoco ha habido jamás una sola generación
capaz de ejecutar la tarea. La formulación de los dogmas es la tarea de la
Iglesia de todas las épocas, es tarea que requiere grande energía espiritual de
parte de generaciones sucesivas. Y nos enseña la historia que, a pesar de las
diferencias de opinión, y de prolongadas luchas, y pese aun a temporales
regresiones, la comprensión que tiene la Iglesia de la verdad iba ganando
gradualmente claridad y profundidad. Una verdad tras otra se, convirtieron en
centro de atención y llegaron en turno a un mayor desarrollo. Los Credos
históricos de la Iglesia incorporan actualmente en forma concreta los mejores
resultados de las reflexiones y el estudio de los siglos pasados. Es a la vez
deber y privilegio de la Iglesia de nuestro día entrar a la herencia de los
años que se fueron y continuar la construcción sobre el fundamento que fue
puesto. Sin embargo, los modernos teólogos amplitudistas tienen tendencia a
romper con el pasado. Muchos de sus representantes, con frecuencia hacen mucho
ruido con sus alabanzas a los Credos de la Iglesia, considerados como
documentos históricos; pero se rehúsan a concederles valor doctrinal para el
presente.
3.
EL
ELEMENTO DE AUTORIDAD. Cuando las
Iglesias de la Reforma definen oficialmente sus doctrinas y las convierten, por
tanto, en dogmas, declaran también implícitamente que descansan sobre la
autoridad divina y que expresan la verdad. Y porque las iglesias consideran sus
dogmas como formas concretas de la verdad revelada en la Palabra de Dios,
estiman que merecen el reconocimiento general e insisten en tal reconocimiento
dentro de sus propios círculos. La Iglesia Católico romana reclama absoluta
infalibilidad para sus dogmas, en parte debido a que son verdades reveladas,
pero de modo especial porque son propuestos para la fe de los fieles por medio
de una iglesia infalible. Sus dogmas son absolutamente inmutables. El Concilio
Vaticano declaró: “Si alguno afirma que es posible que algunas veces, de
acuerdo con el progreso de la ciencia, tenga que darse a las doctrinas
propuestas por la Iglesia un sentido diferente del que la Iglesia ha entendido
y entiende: Sea anatema". Las iglesias protestantes no participan de este
absolutismo En tanto que esperan que sus dogmas sean aceptados porque los
consideran como formulaciones correctas de la verdad escrituraria, admiten la
posibilidad de que la Iglesia se haya equivocado al definir la verdad. Y al
descubrir que los dogmas son contrarios a la Palabra de Dios, dejan de gozar de
autoridad .Precisamente este elemento de autoridad es el que encuentra mayor
oposición en la actualidad. Católico romanos \ protestantes por igual reconocen
ante todo que la religión es algo dado y determinado por Dios, y encuentran,
por tanto, el fundamento de la autoridad en Dios. Según los primeros la
autoridad básica se encuentra especialmente en la Iglesia, en cuanto a los
últimos se halla en la Biblia. Ambos reconocen una regla objetiva de la verdad,
regla que encuentra expresión en los dogmas de la Iglesia, la cual demanda
sumisión, fe y obediencia
TEOLOGIA PRACTICA O ETICA
Esta se aplica ala conducta de los hombres es
igual a ética y moral o valores
humanos es decir se ocupa de la
aplicación de la verdad de la religión al corazón de los hombres.
Ha sido definida Como la
teología de acción es decir la aplicación de la doctrina ala vida practica
una de las vertientes mas importantes
es la teología pastoral que trata de la llamada “cura de almas” y
tiene que ver con la
compleja y múltiple actividad
del pastor o los pastores que
apacientan el rebaño del señor
La sección moral o
ética no es menos importante hoy
cuando las corrientes de la “nueva moral” o la “moral de situación” tratan de destruir los fundamentos bíblicos
de la conducta cristiana. vale decir que
sin una solida base de teología bíblica
y teología sistemática, la reflexión ética adolecerá de superficialidad y será todo
voto abierto a toda suerte de incursiones exóticas tal es el caso de mucho secularismo
que ponen de moda algunos
teólogos ignorando la doctrina bíblica
de las realidades seculares
Asimismo la experiencia que aporta la teología
histórica no le viene nada mal ala teología practica y ética puesto que evitarle muchos tropiezos
innecesarios un ejemplo elocuente de no
prestar suficiente atención a esas especialidades nos la ofrece mucho el catolicismo progresista moderno el cual después de
fustigar el clericalismo esta cayendo el en un nuevo clericalismo cuya única diferencia con el antiguo es que a
mudado de color.
TEOLOGIA
PASTORAL
I.NATURALEZA.
1. Concepto. La T. p. es la parte de la Teología que estudia el desempeño de la función de cura de almas. Etimológicamente la denominación de «pastoral» deriva -por analogía- de la misión del pastor: este oficio -cuidado y crianza de la grey exige atención, entrega, vigilancia, aprecio; y desde muy antiguo se encuentra aplicado, de modo figurado, a quien ha de velar por la comunidad. También la S. E. emplea con frecuencia esta figura referida a Dios, y a los reyes y, en general, a los que gobierna Israel; los profetas también llaman pastor al Mesías esperado. Jesucristo gustó de acudir a la imagen del pastor en la predicación: parábola de la oveja perdida (Lc 15,1-10), descripción del juicio universal como una grey en que el pastor selecciona las ovejas de los cabritos (Mt 25,32-33), etc.; y especialmente en la alegoría del Buen Pastor, con la que reivindica para sí las profecías del A. T., y, por tanto, la misión suprema de apacentar a su pueblo. La transmisión del oficio pastoral a sus sucesores y la utilización de este título por los Apóstoles (Ef 4,11; 1 Pedro 5,1-4) hizo que pasara al acervo común de la Iglesia para designar a aquellas personas que debían velar por la grey cristiana y conducirla hacia su último fin, según las indicaciones del Pastor Supremo. Así, pues, T. p. es la ciencia teológica de la cooperación ministerial de la Iglesia al plan divino de la salvación que nos ha sida revelado por Jesucristo.
Se puede distinguir -aunque no separar- entre la pastoral como tarea o actividad y la T. p. como disciplina sistematizada: la primera -entendida como la práctica misma de la misión pastoral- ha existido siempre en la Iglesia por mandato de Cristo; la T. p., como estudia sistemático de los diversos aspectos de la acción pastoral a la luz de la Revelación, es una ciencia teológica que se ha ido desarrollando al mismo tiempo que la vida de la Iglesia. La denominación de T. p. es relativamente reciente: el término lo utiliza S. Pedro Canisio por vez primera en el s. XVI y aparece coma disciplina aparte en los planes de estudio del s. XVIII; pera esto no quiere decir que en los tiempos anteriores no se haya hecho tal ciencia, sino sencillamente que no se ha cultivado de forma separada, y, por tanto, que era estudiada e incluida dentro de la Teología en general. Insistamos finalmente en que la distinción entre actividad pastoral y T. p. no debe ser forzada; la T. p. supone el conocimiento de la naturaleza de la Iglesia y de la historia de su ministerio pastoral a lo largo de los siglos; si no se puede hacer ciencia teológica de ningún tipo, si el teólogo no se adentra con su propia vida en la intimidad divina, no puede hacerse T. p. si no se recorre a la vez el camino de la acción pastoral. Esto explica quizá que durante tantos siglos no se hayan preocupado demasiado de distinguir la ciencia teológica pastoral de la Teología misma, y sobre todo de la vida, exigencias y labor de la pastoral de almas, y que, por tanto, haya tardado tanto en nacer la T. p. como disciplina aparte.
2. La Teología pastoral como ciencia. a. Determinación de su objeto y contenido. Es ésta una cuestión debatida en el s. XX como resultado de la evolución histórica de esta disciplina en la época moderna. En el s. XVIII, al ser constituida como disciplina autónoma en las escuelas austriacas, es concebida como un estudio de la praxis sacerdotal desde una perspectiva más bien jurídica y reglamentadora, de acuerdo con las tendencias legalistas del ambiente austriaco de aquella época. A finales del s. XVlII y principios del XIX se inicia una corriente que quiere vincular la T. p. a una eclesiología más precisa e integral. En esta línea se mueven diversos autores de la escuela de Tubinga, y especialmente, ya a mediados del s. XIX, Anton Graf, que propone una nueva estructuración de la T. p. que dejaría de estar centrada en el sacerdote y su ministerio para considerar a la Iglesia en su conjunto.
La idea de Graf ha tenido fuerte influencia en el desarrollo posterior de los estudios. Se entiende fácilmente, ya que tiene aspectos muy positivos: pone, en efecto, de relieve que todos los cristianos participan de la misión de la Iglesia y, por consiguiente, son responsables de la difusión de la verdad cristiana, etc. Presenta, no obstante -si no es muy bien matizada-, aspectos negativos. En primer lugar, al poner el acento en la Iglesia en su conjunto como sujeto de la pastoral, corre el riesgo de desdibujar la diversidad de funciones, y provocar un olvida práctico -o al menos una minusvaloración- de la distinción entre el sacerdocio ministerial y el común de los fieles, dando así lugar a actitudes que coartan la libertad que la Jerarquía debe tener en el ejercicio de sus funciones o que clericalizan la vida laical. En segundo lugar -yen parte en dependencia de lo anterior-, puede llevar a un desconocimiento práctico de la diversidad de carismas y vocaciones individuales, originando una tendencia a la uniformidad y una centralización que mata la espontaneidad del espíritu. Por todo ello nos parece que caben dos soluciones:
1. Concepto. La T. p. es la parte de la Teología que estudia el desempeño de la función de cura de almas. Etimológicamente la denominación de «pastoral» deriva -por analogía- de la misión del pastor: este oficio -cuidado y crianza de la grey exige atención, entrega, vigilancia, aprecio; y desde muy antiguo se encuentra aplicado, de modo figurado, a quien ha de velar por la comunidad. También la S. E. emplea con frecuencia esta figura referida a Dios, y a los reyes y, en general, a los que gobierna Israel; los profetas también llaman pastor al Mesías esperado. Jesucristo gustó de acudir a la imagen del pastor en la predicación: parábola de la oveja perdida (Lc 15,1-10), descripción del juicio universal como una grey en que el pastor selecciona las ovejas de los cabritos (Mt 25,32-33), etc.; y especialmente en la alegoría del Buen Pastor, con la que reivindica para sí las profecías del A. T., y, por tanto, la misión suprema de apacentar a su pueblo. La transmisión del oficio pastoral a sus sucesores y la utilización de este título por los Apóstoles (Ef 4,11; 1 Pedro 5,1-4) hizo que pasara al acervo común de la Iglesia para designar a aquellas personas que debían velar por la grey cristiana y conducirla hacia su último fin, según las indicaciones del Pastor Supremo. Así, pues, T. p. es la ciencia teológica de la cooperación ministerial de la Iglesia al plan divino de la salvación que nos ha sida revelado por Jesucristo.
Se puede distinguir -aunque no separar- entre la pastoral como tarea o actividad y la T. p. como disciplina sistematizada: la primera -entendida como la práctica misma de la misión pastoral- ha existido siempre en la Iglesia por mandato de Cristo; la T. p., como estudia sistemático de los diversos aspectos de la acción pastoral a la luz de la Revelación, es una ciencia teológica que se ha ido desarrollando al mismo tiempo que la vida de la Iglesia. La denominación de T. p. es relativamente reciente: el término lo utiliza S. Pedro Canisio por vez primera en el s. XVI y aparece coma disciplina aparte en los planes de estudio del s. XVIII; pera esto no quiere decir que en los tiempos anteriores no se haya hecho tal ciencia, sino sencillamente que no se ha cultivado de forma separada, y, por tanto, que era estudiada e incluida dentro de la Teología en general. Insistamos finalmente en que la distinción entre actividad pastoral y T. p. no debe ser forzada; la T. p. supone el conocimiento de la naturaleza de la Iglesia y de la historia de su ministerio pastoral a lo largo de los siglos; si no se puede hacer ciencia teológica de ningún tipo, si el teólogo no se adentra con su propia vida en la intimidad divina, no puede hacerse T. p. si no se recorre a la vez el camino de la acción pastoral. Esto explica quizá que durante tantos siglos no se hayan preocupado demasiado de distinguir la ciencia teológica pastoral de la Teología misma, y sobre todo de la vida, exigencias y labor de la pastoral de almas, y que, por tanto, haya tardado tanto en nacer la T. p. como disciplina aparte.
2. La Teología pastoral como ciencia. a. Determinación de su objeto y contenido. Es ésta una cuestión debatida en el s. XX como resultado de la evolución histórica de esta disciplina en la época moderna. En el s. XVIII, al ser constituida como disciplina autónoma en las escuelas austriacas, es concebida como un estudio de la praxis sacerdotal desde una perspectiva más bien jurídica y reglamentadora, de acuerdo con las tendencias legalistas del ambiente austriaco de aquella época. A finales del s. XVlII y principios del XIX se inicia una corriente que quiere vincular la T. p. a una eclesiología más precisa e integral. En esta línea se mueven diversos autores de la escuela de Tubinga, y especialmente, ya a mediados del s. XIX, Anton Graf, que propone una nueva estructuración de la T. p. que dejaría de estar centrada en el sacerdote y su ministerio para considerar a la Iglesia en su conjunto.
La idea de Graf ha tenido fuerte influencia en el desarrollo posterior de los estudios. Se entiende fácilmente, ya que tiene aspectos muy positivos: pone, en efecto, de relieve que todos los cristianos participan de la misión de la Iglesia y, por consiguiente, son responsables de la difusión de la verdad cristiana, etc. Presenta, no obstante -si no es muy bien matizada-, aspectos negativos. En primer lugar, al poner el acento en la Iglesia en su conjunto como sujeto de la pastoral, corre el riesgo de desdibujar la diversidad de funciones, y provocar un olvida práctico -o al menos una minusvaloración- de la distinción entre el sacerdocio ministerial y el común de los fieles, dando así lugar a actitudes que coartan la libertad que la Jerarquía debe tener en el ejercicio de sus funciones o que clericalizan la vida laical. En segundo lugar -yen parte en dependencia de lo anterior-, puede llevar a un desconocimiento práctico de la diversidad de carismas y vocaciones individuales, originando una tendencia a la uniformidad y una centralización que mata la espontaneidad del espíritu. Por todo ello nos parece que caben dos soluciones:
1) Concebir la
T. p. como estudio de la actividad de toda la Iglesia, pero distinguiendo en
ella una parte general, que estudiará algunos criterios generales (sentido de
la fe y de la unidad, actitud de servicio, etc.), y que sería necesariamente
muy breve, y diversas partes especiales, según los ministerios o funciones que
se consideran.
2) Centrar la T. p. en el estudio de la actividad de los pastores en sentido estricto, es decir, aquellas que, junto con la consagración sacerdotal, han recibido el ministerio de la cura de almas. Esta segunda solución parece preferible, ya que, de una parte, las principios generales a que hemos hecho referencia son las consecuencias de una buena eclesiología y son por eso ya vistos en ese tratado; y, de otra, el adjetivo pastoral tiene en la tradición cristiana un significado preciso que no nos parece oportuno desvirtuar. Finalmente, el apostolado que realizan los fieles es tan variada -depende de las múltiples situaciones de familia, cultura, sociedad, profesión, etc. Que pretender someterlo a unas reglas resulta metodológicamente imposible, con lo que se oscilaría entre afirmaciones genéricas o la tendencia a una reglamentación excesiva que ahogaría la vida; es importante, repetimos, salvaguardar la legítima libertad personal con la que cada cristiano debe cumplir la misión apostólica a la que por el Bautismo está llamado.
En resumen, lo que hay de positivo en la idea de Graf debe ser recogido en la eclesiología y en la T. p. -ya que uno de los criterios que las pastores deben tener en el ejercicio de sus funciones es defender y promover el sentido activo de todo el pueblo de Dios-, pero no debe llevar a cambiar el objeto de la T. p., que, a nuestra juicio, debe continuar ocupándose de estudiar el desempeño de la función de cura de almas.
2) Centrar la T. p. en el estudio de la actividad de los pastores en sentido estricto, es decir, aquellas que, junto con la consagración sacerdotal, han recibido el ministerio de la cura de almas. Esta segunda solución parece preferible, ya que, de una parte, las principios generales a que hemos hecho referencia son las consecuencias de una buena eclesiología y son por eso ya vistos en ese tratado; y, de otra, el adjetivo pastoral tiene en la tradición cristiana un significado preciso que no nos parece oportuno desvirtuar. Finalmente, el apostolado que realizan los fieles es tan variada -depende de las múltiples situaciones de familia, cultura, sociedad, profesión, etc. Que pretender someterlo a unas reglas resulta metodológicamente imposible, con lo que se oscilaría entre afirmaciones genéricas o la tendencia a una reglamentación excesiva que ahogaría la vida; es importante, repetimos, salvaguardar la legítima libertad personal con la que cada cristiano debe cumplir la misión apostólica a la que por el Bautismo está llamado.
En resumen, lo que hay de positivo en la idea de Graf debe ser recogido en la eclesiología y en la T. p. -ya que uno de los criterios que las pastores deben tener en el ejercicio de sus funciones es defender y promover el sentido activo de todo el pueblo de Dios-, pero no debe llevar a cambiar el objeto de la T. p., que, a nuestra juicio, debe continuar ocupándose de estudiar el desempeño de la función de cura de almas.
TEOLOGIA LITURGICA
I. Premisa terminológica
La liturgia, en
el término y en su significado inmediato, parece distinguirse e incluso
disociarse netamente de la teología, tomada
en el sentido etimológico de la palabra, como tratado sobre Dios. Es lo que de ordinario se
arguye a partir del simple análisis de los dos términos: el primero está
totalmente en el plano de la acción (griego: leit-ourguía = obra-función hecha para
el pueblo); el otro, por
el contrario, se mueve total y exclusivamente en la línea del pensar/hablar con/de Dios (griego: theo-loguía).
El momento declaradamente operativo implícito en el término liturgia, de uso exclusivamente laico
tanto en el mundo clásico griego como en el helenismo, se mantuvo incluso
cuando la traducción griega (LXX) de la biblia indujo en él la evolución
semántica que le quedaría para siempre como propia, y por la cual liturgia
significará ya exclusivamente la acción ritual sagrada reservada al sacerdocio
levítico'. [-> Liturgia, I].
Por otra parte, liturgia, aun conservando el sentido operativo original, entraba de hecho en
el ámbito de la teología, porque,
si ya toda acción sagrada ritual implica necesariamente por su misma naturaleza
una relación de diálogo con Dios, esto es tanto más verdadero en la liturgia de la religión revelada del
Antiguo Testamento, que por definición es la religión de la palabra de Dios.
Para Marsili, teología litúrgica no es la que
se sirve del contenido teológico de las fórmulas y ritos para construir una
teología de trasfondo litúrgico (como cuando se dice, por ejemplo: teología del
Espíritu Santo en la liturgia). Mucho menos piensa que la teología se haga
litúrgica cuando asume de la liturgia elementos que pueden ser aducidos como
fundamento y como prueba de una cierta posición teológica. En efecto, en este
caso la liturgia sería al máximo y en sentido más justo un testimonio de la fe
de la iglesia en el ámbito espacio-temporal ocupado por la fórmula litúrgica
tomada en examen.
Por tanto, según Marsili, teología litúrgica
es la que hace su discurso sobre Dios a partir de la revelación vista en su
naturaleza de fenómeno sacramental, en el que coinciden el acontecimiento de
salvación y el rito litúrgico que lo representa. De este modo la teología
litúrgica es necesariamente y ante todo teología de la economía divina, es
decir, de la presencia y de la acción de Dios en el mundo, que quiere realizarse
en el mundo como salvación eterna en dimensión antropológica. Esto aconteció
proféticamente en el AT y acontece realmente en el NT, primero en Cristo,
sacramento humano de Dios en la encarnación, después en los hombres, a los que
Cristo se comunica a sí mismo, sacramento total de salvación, a través de
sacramentos particulares y distintos.
La teología litúrgica es, en consecuencia, la theologia prima, necesaria e indispensable para que
el discurso sobre Dios sea un discurso cristiano, es decir, recibido de Cristo por
medio de la experiencia sacramental. En este sentido la teología litúrgica no
excluye ninguna teología que sea reflexión humana sobre Dios, aunque nunca
puede ser sustituida por ella.
La teología litúrgica es la única que
concuerda naturalmente y se adecua del todo a una espiritualidad cristiana en
el significado pleno y exclusivo del término. Es, pues, la teología de la que
debe partir y a la que debe llevar cualquier catequesis o cualquier actividad
pastoral.
CONCLUSION
Del anterior trabajo de puede concluir la
importancia de los fundamentos teológicos, ya que es una de las principales
materias de las ciencias teológicas; que nos ayudara a analizar las otras áreas
con mayor claridad. También se puede añadir que es de mucho interés investigar
y analizar más a profundidad a cerca de las ramas de la teología y llevarlo a
la vida diaria con una aplicación integral.
miércoles, 4 de abril de 2012
HISTORIA DEL MMM EN COLOMBIA
| Reseña Histórica 1963- 2003 | |
| En 1957 mientras se celebraba en Bayamo (Cuba), la primera e histórica convención de esta obra cuyo primer nombre era entonces:IGLESIA CRISTIANA PENTECOSTAL DE CUBA fundada por el Rev. Luis M. Ortiz, en aquel templo descendió de una forma poderosísima la presencia del Señor, mientras hermanos danzaban en el Espíritu desde las ocho de la noche hasta la medianoche sin parar, en un servicio que duró hasta las dos de la madrugada, varios hermanos recibieron una gloriosa visión donde en medio de un resplandor que envolvía a todos, vieron la gigantesca carga que descendía del cielo y que Dios había puesto sobre el siervo Ortiz, y escucharon una voz muy fuerte que hacía estremecer el templo y que decía entre otras palabras: "Obreros, no dejen sólo a mi siervo Ortiz; cooperen con él, trabajen todos unidos a él como un solo hombre. Obreros oren y ayunen, todos unidos a mi siervo Ortiz"..."no puedo quitar esa carga que he puesto sobre mi siervo... Esa pesada carga es la carga de mi obra; es la gran carga de mi obra que Yo he puesto sobre sus hombros, para que la lleve por todo el mundo"Esta carga llegó también para cobijar a Colombia de una forma estratégica y planeada por Dios. | |
| BIOGRAFIA | |
| Rvdo. Luis M. Ortiz, apóstol del Señor, periodista comunicador, maestro, escritor y poeta; nacido en Puerto Rico un 26 de Septiembre de 1918, entrega su vida a Cristo a los 10 años, predica su primer sermón a los 13. Habiendo terminado sus estudios, trabajó para el periódico “El Mundo” al cual renunció para realizar el instituto Bíblico, casado en 1943 a los 25 años con Rebeca Hernández Colón, unión de la cual nacieron Dámaris y Priscila; salen como misioneros a la república Dominicana y un año después en 1944 viajan a Cuba donde trabajaron durante 16 años hasta 1960 dejando establecidas 45 iglesias y 60 obreros, regresan a Puerto Rico por orden del Señor, después de que en 1956 comenzara a gestarse la nueva visión para establecer la obra y la labor evangelística conocida como: "LA ASOCIACIÓN MISIONERA Y EVANGELISTICA LATINOAMERICANA Inc" Donde se hace conocido dentro y fuera del país el ministerio radial y editorial IMPACTO EVANGELISTICO del hermano Ortiz. Pero no fue sino hasta el 4 de Febrero de 1963 cuando oficialmente quedó inscrita y registrada ante las autoridades de Washington, DC. EE.UU. Como: EL MOVIMIENTO MISIONERO MUNDIAL INC, Obra de carácter mundial con sede en Puerto Rico. Unidos a los hermanos Ortiz estaban entre otros el Rvdo. Rubén Rosas actual presidente de esta obra y su esposa la hermana Armen. Acerca del surgimiento de esta misión el Rvdo. Ortiz expresó: "Esta obra es de Dios y yo no sabía lo que el Señor se proponía”. “...es con gozo y gratitud que podemos decir, que es Dios quien está levantando este Movimiento Misionero Mundial, sin nosotros haberlo intentado, ni pensado; con el propósito de devolverle a la obra misionera, y a la evangelización del mundo, el lugar que Cristo le asignó. " Este hombre de carácter manso, reservado, humilde, espiritual, santo; firme en sus convicciones y viajero incansable de la obra en 47 países, el 25 de Septiembre de 1996, un día antes de cumplir 78 años, emprendió el último viaje porque el Señor se lo llevó para que celebrara con el Cristo que amó su cumpleaños en el cielo. Los Comienzos En la población del Socorro (Santander del Sur), hacia finales de los años cincuenta y después de los difíciles comienzos de la obra evangélica que trataban de adelantar entre otras la antigua Misión “Iglesia Cruzada Mundial Colombiana”, de corte bautista y sin la experiencia del pentecostés; todavía permanecía activo un pequeño grupo de cristianos que eran parte de un remanente pastoreado por el perseguido y esforzado Hno. Eduardo Esguerra. Por solicitud de la Hna. Carmen de Rueda, líder de la congregación, se autorizó para que invitara al Socorro, al evangelista de las Asambleas de Dios, Eugenio Jiménez, el cual ella y otros hermanos de distintos lugares habían visto y oído predicar con gran manifestación del poder y milagros del Señor, cuando ellos habían viajado a la tan anunciada campaña en la Iglesia Cuadrangular de Bucaramanga en 1960, era la segunda vez que el evangelista venia después de 1958, y ahora regresaba en compañía del Hno. Luis Candelario Cortes, un joven de 22 años quien cantaba y tocaba el acordeón en las campañas. La Hna. Carmen como acababa de ver este avivamiento y las maravillas de Dios en esta campaña de Bucaramanga, le dijo a su pastor:"En mi pueblo hay mucha necesidad de predicar el evangelio, y esto que sucede en Bucaramanga es necesario que suceda también en el socorro". Así fue como se celebró entonces una gloriosa campaña durante 15 días en el Socorro, y junto con el predicador el Hno. Eugenio Jiménez y el Hno. Luis Candelario Cortes, también había venido para oír, un hombre que conoció al Señor en una vereda de San Vicente de Chucurí, el Hno. Ciro González. Después de esta manifestación del pentecostés, el grupo de hermanos que habían sido bendecidos con el poder del Espíritu de Dios y experimentado los prodigios y las maravillas del Señor, les fue prohibido dar testimonio y hablar en su iglesia acerca de lo que habían visto y recibido en esta campaña, mas aun no se les permitió tratar de seguir en ese avivamiento "extraño" para una Iglesia que no vivía ni enseñaba acerca del bautismo y los dones del Espíritu Santo y menos de la sanidad divina en actos públicos. A causa de esto, este grupo encendido por el fuego del Señor se vio obligado a reunirse en la casa donde se había hospedado el evangelista es decir la casa de la misma hermana Carmen de Rueda. A esta casa comenzaron a venir muchas personas interesadas en este grupo que ya no pertenecía a la Iglesia Cruzada Colombiana Mundial, única que había antes por aquellos lugares. Los cultos los dirigía entonces el Hermano Ciro González, después de ser invitado a reunirse en este grupo por recomendación del Pastor de la Iglesia Cuadrangular de San Gil, el Hno. Alejandro Amado, este Pastor también enviaba para apoyar aquel grupito del Socorro a un joven de solo 16 años llamado Enrique Centeno para que hiciera los cultos y los acompañara con su guitarra. Y para recibir Santa Cena este grupo tenía que viajar a la población de San Gil. |
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